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Los singulares palafitos de Castro

Son uno de los atractivos urbanos de esta ciudad costera....

Los palafitos

Son construcciones sobre pilares de madera en el agua

Los palafitos de Castro

Forman parte de las imágenes clásicas de la isla....

Las casas de madera y tejuelas de alerce

Se emplazan sobre una especie de muelle con gruesos pilotes...

Los Palafitos

Ven a Mi Palafito y disfruta de alojar en un verdadero y tradicional palafito chilote, solo para tí y tu familia. Alojamiento alternativo, sustentable, sencillo y acogedor. Te prometo una memorable estadía y mis mejores recomendaciones para conocer el mágico Chiloé. Fono: 00 56 65 634878

Los palafitos de Chiloé son construcciones sobre pilares en el agua que fueron adoptados en Ancud, Quemchi, Castro, Chonchi y otros puertos para un mejor aprovechamiento de la ribera durante la fuerte expansión comercial del siglo XIX.

Los isleños encuentran en ellos refugio para la humedad y, al mismo tiempo, la vital cercanía al mar. Desde el punto de vista arquitectónico, las primeras viviendas palafitos siguieron el mismo modelo tipológico rural de casa de un piso con pasillo central y entretecho, que se monta sobre pilotes de madera de luma. Estando situado en el bordemar, la entrada principal de un palafito se abre a la calle, mientras que el patio trasero se sustituye por una amplia terraza cara al océano, que más parece, en marea alta, la cubierta de un barco listo para zarpar.

La imagen de las postales es sólo el lado más visible de un mundo increíble, lleno de sorpresas. Es así como en la ciudad de Castro, los bordes marinos de las calles Pedro Montt , Lillo y Ernesto Riquelme (barrio Gamboa, donde se encuentra Mi Palafito Apart), lucen los palafitos y sus fuertes pilotes de madera, los cuales representan la manifestación más austral del mundo de la arquitectura del bordemar.

Experiencia vivida

Por Jaime Conde (España)

"He vivido en el palafito cerca de dos semanas en pleno invierno chilote. Mañana vuelvo a mi patria bien lejana, y estoy seguro que lo recordaré con nostalgia.

La casa es preciosa, sencilla y elegante; la vieja estufa de fundición, que aquí llaman salamandra, le da un toque de distinción y funciona estupendamente.

El eje de atención del palafito se orienta hacia las ventanas que dan al mar. Las oscilaciones diarias de la marea son enormes, y con ellas se mueve toda una fauna que vive alrededor de sus ciclos: las gaviotas, cabecinegras o no, ruidosas y revoltosas, que esperan excitadas lo que pueda traerles el estero de Gamboa cuando la marea empieza a bajar; los románticos cisnes de cuello negro, que se acercan cuando la marea está mediada, bogando despacio, siempre en parejas enlazadas de por vida; los meditabundos pelícanos, con cabeza de filósofo, habitualmente solitarios, derivando con la corriente a la espera del gran bocado.

Y cuando la bajamar es completa y mucho fondo marino queda al descubierto, las aves limícolas, absortas en la extracción de pulgas de mar y otros bichejos, con sus picos ligeramente curvados; los perros de los palafitos, explorando en busca de alguna golosina insospechada o correteando detrás de las gaviotas; y hasta cuando las mareas son escoradas, en días de luna llena o nueva, algunos mariscadores chilotes que escarban con sus “gualatos” los fondos más lejanos y profundos en busca de moluscos.

En fin una explosión de vida y movimiento, cronometrada por ese reloj diario y lunar de las mareas que jamás se para. Al fondo el astillero de Gamboa, donde reparan los barquitos pesqueros y todavía se construyen cascos nuevos, con toda la belleza que un barco de madera tiene desde que se une la quilla a la roda y se arma la cuaderna maestra.

El palafito y su entorno son un símbolo de Chiloé y de la vida en lo que se llama el bordemar, es decir, la orilla. Durante una parte del día, la próxima a la pleamar, el palafito es lo más parecido a un barco listo para navegar, y durante la otra, la de la bajamar, a un barco varado. Pero siempre a un barco.

El origen de los palafitos de Chiloé parece estar en que al ser el bordemar un abrazo permanente de la tierra con el océano, no podía ser de nadie, y por eso mismo era de todos, así que aquí empezaron a instalarse familias humildes que habían llegado a la ciudad sin nada. Gente por lo tanto , de orilla , de interfase, ni de aquí ni de allá. Un ámbito de pobreza que inevitablemente lo es también de libertad. Ese espíritu limpio y sencillo lo transpiran las paredes de esta preciosa casa, por la que con tanto acierto han apostado Sofía y Miro.

Enhorabuena a los dos, ¡y a por todos! Un abrazo, Jaime Conde (España)."

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